HACIA UNA NUEVA CULTURA PROFESIONAL.
Cuántas veces el trabajo que se desempeña en cada uno de los diferentes campos donde se labora demerita o acrecenta la palabra profesión, quién y de acuerdo a quién establece las bases para acreditar o desacreditar a un profesional, cuando las condiciones de el contexto no son las propicias, y las características de quien ejerce y de quien califica o determina son muy diferentes, entonces cómo establecer al menos el adecuado significado de profesión.
Al analizar lo que Francisco Imbernón escribe respecto a lo anterior y trasladándolo a la profesión magisterial, resulta un poco incierto creer que la labor docente no sea considerada como una profesión, y aún más cuando el propio docente es el que no se considera un profesional de la educación, al caer en este juego vacilante de cierta forma demerita la concepción que la sociedad tiene de él.
Asumir una cultura profesional desde el ámbito educativo, equivaldría a otorgarle al docente un grado de autonomía, de democracia y control, y sobre todo de responsabilidad, algo difícil de concebir en la realidad, sería como si el estado cediera en plenitud la facultad al docente para ejercer la profesión de tal manera que perdería el control de los fines establecidos de acuerdo a las políticas establecidas por cada gobierno.
Al parecer la labor docente pierde el grado de profesionalización, cuando esta va encaminada a formar individuos con valores en un contexto de democracia, y la actividad laboral es de carácter social, cosa que debería acrecentar en todo caso esa profesionalización, pues de acuerdo al grado de dificultad con el que se presenta y resuelve esa problemática tan particular hace más profesional al docente, y más si lo ubicamos en las comunidades apartadas en donde a demás de docente juega otros roles y de cierta manera ayuda a resolver las problemáticas que se le presentan.
En términos generales se puede afirmar que la profesionalización en la educación es una realidad, por siempre el docente a organizado su labor, de tal forma que a llegado a dominar sus capacidades y habilidades especiales necesarias que lo hacen competente para desempeñar su quehacer pedagógico, aún si la suficiente información ha decidido a internarse en el mundo de la tecnología necesaria en la actualidad para mejorar los procesos educativos, lo que lo pone en el escenario de competir entre sus iguales en iguales condiciones, desafortunadamente se ha caído en el de comparar sistemas educativos con características diferentes y por ende en contextos diferentes, lo que demerita de alguna forma la manera en que es concebido el docente, ya lo menciona Imbernón, el docente se considera a sí mismo a penas un semiprofesional de la educación.
Pero sería bueno cuestionar, si el contexto donde se desenvuelven los profesores, las condiciones políticas, económicas y culturales son las que determinan el grado de profesionalización y estas mismas acuñan el término profesión, entonces cuales son los verdaderos parámetros establecidos y cual es la definición correcta que se le debe asignar al docente “profesional de la educación”, o simplemente docente, en este marco veamos lo que Appel (1986) nos alerta al respecto; dice que esta retórica puede conducir a un proceso de paulatina tecnificación de la enseñanza, y que la creciente proletarización del profesorado puede ser identificada erróneamente como un símbolo del incremento del profesionalismo, ya que se puede identificar erróneamente profesionalismo con aspectos técnicos de intervención producidos externamente a la práctica. Un argumento similar defiende Fernández Enguita (1991) al señalar el cambio (en la forma pero no tanto en el fondo) que se ha producido en el lenguaje de la enseñanza, al pasar de denominar al profesorado como trabajadores de la enseñanza a hacerlo como profesionales de la educación. También en esta línea encontramos una interesante y reciente aportación de Burbules y Densmore (1992) en la que cuestionan la profesionalización de la docencia, ya que «la profesionalización de los enseñantes pone de relieve algunas cuestiones pero encubre otras; es contradictoria y ambivalente en su llamamiento», o todo lo anterior sólo sirve para seguir aumentando el grado de burocratización tan arraigado en los sistemas educativos de algunos países.
El concepto profesional de la educación connota privilegio, superioridad en el trabajo, status especial, y sobre todo responsabilidad en los procesos, que sin duda ayudaría a crear una verdadera democracia y la terminación de los procesos burocráticos tan marcados en la educación, se estarían dando los principales pasos a crear una verdadera cultura profesional en los maestros, que favorecería en el docente la constante formación permanente que reforzaría sin dejar a duda las adecuadas prácticas docentes que aquilatarían de una manera determinante el término profesional de la educación y que harían verdaderos los acuerdos de Jomtiem (Tailandia 1990) «el progreso de la educación depende en gran medida de la formación y de la competencia del profesorado, como también de las cualidades humanas, pedagógicas y profesionales de cada educador» (Mayor, 1992).
Regresando al término de profesional de la educación, sería nuevamente cuestionado por diferentes autores al servicio de la burocracia y de los intereses mismos de los grupos posesionados en el poder, por lo que el docente debe tener presente que si quiere ser un profesional de la educación no debe mecanizar la educación y ser verdadero selectivo a la hora de seleccionar y aplicar las estrategias de enseñanza, a la hora de decidir el que, el cuando y el como enseñar (Mitchell y Kerchner 1983).
En ese tenor de profesionalización hace necesario que los docentes asuman verdaderamente la cultura profesional, que fortalezca los espacios de reflexión, tanto individual como colectiva de los procesos educativos necesarios que originen la verdadera democracia en las aulas y fortalezcan la autonomía, que a la postre nos dará el sendero a recorrer y que nos llevará a valorar la función docente tan demeritada en nuestros tiempos.
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